5 consejos para un hijo. El último es el más importante

Ocurrió hace unos 15 años en casa de mi abuelo. Le acababa de dar una nalgada a mi hijo. El viejo levantó la mirada como el que apunta con fusil y me espetó, “No recuerda el gallo que una vez fue pollo”. Según cuentan mis tíos el abuelo siempre tuvo la mano ligera. Pero los años le habían enseñado algo. Y me lo dijo en forma de reprimenda.

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Qué me enseñó Irene (una lección impagable para un ateo)

Los granos de arena

Una tarde Irene me confesó con tristeza que la vida se le apagaba. Intenté sacarla de su pesada burbuja, pero no debí ser muy convincente.
Le dije que incluso mi vida podía ser más corta que la suya. Pero ambos sabíamos que con 92 años los granos de arena del reloj ya estaban contados. La conversación transcurrió en la residencia de ancianos donde vivía Irene desde hacía 4 años.

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Como conocí a Ronaldo y qué aprendí de él

Llamé al vendedor y accedió a venderme dos gallinas de la raza Leghorn por treinta euros, a condición de que me quedase con uno de sus gallos. No quise el trato. Tener un pájaro de 2 kilos cantando en mi ventana a las 4 de la mañana no entraba en mis planes. Luego me arrepentí y lo volví a llamar.

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