Como conocí a Ronaldo y qué aprendí de él

Llamé al vendedor y accedió a venderme dos gallinas de la raza Leghorn por treinta euros, a condición de que me quedase con uno de sus gallos. No quise el trato. Tener un pájaro de 2 kilos cantando en mi ventana a las 4 de la mañana no entraba en mis planes. Luego me arrepentí y lo volví a llamar.

Un gallo que no se deja coger

El tipo tenía una pequeña finca en Tamaimo, así que tuve que ir al otro extremo de Tenerife (vivo en Tegueste). Una vez en el corral del vendedor, resultó difícil atrapar a las gallinas. Pero fue el gallo quien nos puso a prueba: se escapaba cada vez que lo metíamos en una caja de cartón. Cuando por fin lo conseguimos, introduje la caja en el maletero de mi Mazda 3.

Como sardinas

Ya era hora de almorzar, así que enfilé hacia un guachinche en Guamasa. Comida y sobremesa después, continué a casa. Para cuando llegué los animales habían pasado tres horas apretujados en la caja. Sin poderse mover y mal ventilados.

El linchamiento

Primero solté el gallo, para ver la reacción de las gallinas de mi gallinero. El animal dio unos pasos de borracho mientras las gallinas lo miraban a distancia. Luego decidió que era mejor echarse hasta recuperar el equilibrio. Pero en cuanto se posó, las gallinas se le abalanzaron a picotazo limpio. Pensé que lo mataban.

La respuesta

Pero el gallo reaccionó. Saltó por encima de ellas y contraatacó a todo lo que se movía. Las gallinas huían despavoridas. Se escondieron fuera de la vista de aquel torbellino blanco. El animal estaba aturdido pero, lejos de acobardarse, se reveló contra el ataque canalla. Enseñó su casta de vencedor. El gallinero tenía nuevo amo. Y me sentí orgulloso de mi adquisición.

Un nombre para un gallo

Un rato más tarde, sus pasos eran seguros y pausados, a lo John Wayne. Caminó hacia el centro de la huerta, agitó las alas y proclamó al mundo su victoria. Fue el alarido de Tarzan después de vencer a los leones.

Viendo su fortaleza y arrogancia-sobre todo la chulería- el bautizo estaba hecho. Solo podía llamarse Ronaldo. Además tenía el plumaje blanco.

Un método

La peripecia de Ronaldo- el gallo-, me hizo reflexionar. A veces tenemos todo en contra. Justo en los momentos en que estamos abatidos. La primera tentación es la de subir la manta y esperar a que escampe. Y terminamos naufragando en la indecisión. La soledad del mar embravecido es un buen lugar para medir el temple. Incluso en el fútbol.

Sin prisa

Florentino, si estás leyendo estas líneas, permíteme un consejo. De presidente de gallinero a presidente de equipo de fútbol. La próxima vez que pienses fichar a alguien, dile que vas a hacerle una prueba. Empújalo dentro del maletero de tu Audi Q7. Luego conduce hasta Avila. Cómete un chuletón. No te des prisa. Paladea el coñac y fumate un Montecristo.

Ni se compra ni se vende

De vuelta a Valdebebas, mete el coche hasta el césped. Allí suelta al prisionero entre algunos muchachos de la cantera y arrójales un balón. Si se levanta y pelea por el esférico, fíchale. Si se queda encandilado, postrado, o lamentándose del trato, dale las gracias y mételo en un taxi.

Puedes alquilar su habilidad. Pero no su determinación para la lucha. El coraje-como el cariño- ni se compra ni se vende. Ni en los gallos ni en la gente.

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