¿Tan pronto llegaron los cincuenta?

“¿Qué qué va a pasar? Tú no tienes tiempo para nada y la vida corre; entretanto llega la muerte y para ella, quieras o no quieras, vas a tener todo el tiempo del mundo”.

Me acordé de Séneca y de sus reflexiones en “Sobre la brevedad de la vida” porque este mes de Diciembre cumplo el medio siglo. Y hay algo que me inquieta.

Vivir o durar, he allí el dilema

No me siento más viejo que hace un año. A fin de cuentas, un cumpleaños es solo una fecha más, una raya que pintamos en el sendero. Los cincuenta no tienen por qué ser la aduana de la vejez, de la misma forma que tampoco lo son los cuarenta y nueve ni los cincuenta y uno.

Pero las cifras que acaban en cero invitan a levantar la cabeza para mirar el camino recorrido. Y caigo en la cuenta que las últimas décadas se me fueron de prisa. Demasiado de prisa.

Con suerte llegaré a los ochenta, con lo que este medio siglo que he cumplido significa que viviré menos de lo que he vivido. Con mucha suerte viviré cien años, como mi abuelo., aunque lo más probable es que el resto del camino será más corto que lo andado.

Para Séneca la cuestión no es el número de velas a soplar. “No pienses que alguien ha vivido mucho porque ya tiene canas o la cara arrugada. No vivió mucho, sino que duró mucho”.

Los ocupados viven menos

Según Séneca la vida de los ocupados es la más corta. Para calcular lo realmente vivido deberíamos restar de nuestros años el tiempo gastado en disputas, vicios y negocios. En mi caso he tenido pocas disputas y el vicio ha sido mi negocio. Me he pasado las últimas dos décadas haciendo proyectos. Siempre había nuevas metas hacia la que dirigir el barco de la empresa.

La mayoría de mis jornadas semanales han pasado de las cincuenta horas. Continuaba en casa lo pendiente de la oficina. La contabilidad, el diseño de folletos, la programación de páginas web, la implantación de programas de calidad. Todo eso lo dejaba para mis ratos “libres”.

Durante largas temporadas he sido un marido y padre ausente. Y ya se sabe que no hay ausencia más cruel que la que se puede tocar con la mano. ¿Que diría Séneca  sobre la forma en que he empleado mi tiempo?

Vivir el presente o trabajar el futuro

Cuenta el filósofo que la vida se divide en tres etapas: la presente, la pasada y la futura. La del presente es la más corta, pues nada más llegar se convierte en pasado. La del pasado es la que nos hemos perdido todos aquellos que andamos ajetreados. Mirando hacia atrás encontramos que no hemos vivido.

En cuanto al futuro- según Séneca- su anticipación nos impide vivir, “dispones de lo que está en manos de la fortuna, perdiendo lo que está en las tuyas”. Si Séneca fuese un psicoterapeuta me diría que no he vivido de la mejor manera. Y que debería cambiar si no quiero que el resto de mi vida sea un desperdicio.

Un futuro agónico

Como pretor de emperadores, Séneca se despreocupó por el plato del día siguiente. Dispuso de esclavos y fincas. Pero también vivió bajo una sombra que le podía aplastar en cualquier momento; entre sus pupilos estuvieron Calígula y Nerón, dos psicópatas con los que no era rentable hacer planes. De hecho, Séneca fue mandado a ejecutar al menos dos veces.

Vivir el presente era lo único que podía hacer para conjurar el miedo a unl capricho mortal. Lo cierto es que, aún sin tener a nadie a nuestro lado que nos pueda mandar al otro barrio, la vida es demasiado azarosa como para dar por sentado seguiremos respirando dentro de treinta años… o treinta minutos. Los temores de hoy son los mismos de antes. Solo que ahora se cobra por el consejo.

La modernidad de los antiguos

Muchos gurús de la felicidad hacen caja pregonando hoy lo que Séneca escribió hace dos milenios. Estamos tan desnortados que abrazamos a charlatanes que nos reprochan lo equivocados que vivimos. “Vive el presente” es el moderno mantra que se acompaña con “olvídate del futuro; por ahora no existe”. Pero también entre los antiguos había quién pensaba diferente.

Confucio, que tuvo una vida menos acomodada que Séneca, sabía lo que era vivir con hambre vieja en el estómago. Según sus enseñanzas, vivir hoy como si no existiese el mañana era el pasaporte a la miseria “Quién no se ocupa del futuro estará obligado a preocuparse del presente”.

Lo que decía Confucio era lo que practicaban nuestros abuelos- siembra hoy para que puedas recoger mañana. Pero trabajar para el futuro no está de moda entre los gurús de la felicidad- ni siquiera entre los chinos, que se acomodan rápido al placer al contado.

Gurús aparte, Séneca y Confucio nos plantean una paradoja, ¿Como podemos vivir con más plenitud, persiguiendo castillos lejanos o conformándonos con la colina que pisamos?

Como Diógenes

La continua caza de sueños nos garantiza un regusto a insatisfacción. La felicidad siempre estará en la siguiente esquina, inalcanzable. Los planes y esfuerzos ocupan nuestra atención. El mañana secuestra la plenitud de hoy.

Por el contrario, si vivimos solo en el presente, podemos acabar en un portal con un cartón a modo de manta. No es un mal plan si queremos emular a Diógenes, el filósofo griego que se cobijaba en un barril. Pero es posible que ni siquiera Séneca lo hubiese aceptado. Es difícil saber cuando acertamos. Quizás la felicidad sea un fantasma escurridizo que solo podemos acariciar de cuando en cuando.

El dial de Aristóteles

Es posible que la respuesta más acertada sea la de Aristóteles; “la virtud se encuentre en el punto medio entre dos vicios”. A lo mejor, entre la adicción al trabajo y la indolencia puede existir un compromiso. El problema está en saber en que lugar de ese espacio intermedio situarnos ¿Deberíamos sintonizar el dial más cerca del futuro o más hacia el disfrute inmediato?

Quizás seamos más pragmáticos de lo que creemos. Es posible que no estemos tan equivocados como las pitonisas de la felicidad nos quieren hacer creer. Instintivamente sabemos que mientras más corto sea nuestro futuro, menor debe ser el esfuerzo para construirlo.

Si joven, Confucio. Si viejo, Séneca

Es absurdo que alguien con sesenta años plante un alcornocal. Empezará a recolectar corcho a los ochenta y cinco- si llega. Nuestro subconsciente puede estar haciendo cálculos que a veces la razón no comprende ¿Porqué trabajas como un condenado a los treinta ? ¿Por qué la sensación de que te pierdes la vida cuando estás hasta altas horas en la oficina a los cincuenta? En la profundidad del cráneo podría alojarse un pepito grillo con calculadora. y, es posible que cuando las cuentas no le salen nos envíe un balance descuadrado. Si lo que hacemos no encaja con nuestra realidad vital, surge una crisis. Crisis de mediana edad, de personalidad, del sentido de la vida, del síndrome del nido vacío. De lo que sea.

Un manual sin instrucciones

Nadie nace con un manual sobre lo que hacer con su tiempo. Es posible que la  vida haya que tomarla como quien conduce de noche; hay que conocer el destino pero debemos mantener la vista allí donde llega la luz. En esto de la vida no hay dogmas y recurrir a los sabios es buscar una respuesta que no existe.

Lo de mirar hacia atrás no sé si sirve de algo para plantearme lo que hacer con el resto de mi existencia. Según la contabilidad de Séneca he perdido mucho tiempo en ocupaciones inútiles y debería vivir el momento. Según Confucio -y puesto que no tengo la fortuna de Amancio Ortega- debería seguir trabajando para alejarme del fantasma de Diógenes.

En todo caso, es posible que deba reajustar mi dial; levantar el pie del acelerador de la empresa y dedicarme a tomar más cafés con los amigos y saber lo que es sentarse en una plaza a tomar el sol. Si Séneca está en lo cierto, todavía puedo vivir más de lo que he durado.

Mis cuatro verdades

En definitiva, los cincuenta años me dejan cuatro lecciones.

La primera es que hagamos lo que hagamos -sigamos a Séneca o a Confucio- este es un cuento con un mal final. Nadie sale vivo de la vida.

La segunda. Es importante el trabajo pero también hay que aprender a disfrutar del momento, sin agobios.

La tercera es que cada uno vive su vida como puede y como ignora (no como sabe).

Y, la cuarta, quizás la vida sea como el sueño, la encontramos sólo cuando dejamos de buscarla.

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