El sistema que no se equivoca

En marzo de 2018, en el Gran Salón del Pueblo de Pekín, un funcionario leyó una cifra en voz alta. Dos mil novecientos cincuenta y ocho votos a favor. Dos en contra. Tres abstenciones. Un voto nulo.

Casi tres mil delegados acababan de aprobar la eliminación del límite de dos mandatos consecutivos (diez años) para el presidente de China. Los delegados llevaban meses siendo seleccionados por los congresos provinciales y conducidos hasta esa sala como se mueven piezas sobre un tablero cuyo dibujo ya estaba terminado.

2.958 a favor. Dos en contra.

Esa cifra, por sí sola, dice más sobre el futuro de China como superpotencia que cualquier dato de PIB o de gasto militar.

Treinta y seis años antes, en 1982, un hombre había decidido que ningún presidente debía serlo demasiado tiempo. Deng Xiaoping había sobrevivido a la Revolución Cultural. Había sido purgado dos veces. Lo habían enviado a una fábrica de tractores en Jiangxi a trabajar como operario, con las manos hundidas en grasa de motor. Cuando volvió al poder era alguien que había sentido en su propia carne lo que le pasa a un sistema sin frenos.

La genética de poblaciones puede decir mucho sobre sistemas absolutistas. Cuando una variante ventajosa aparece en una población, la selección la empuja hasta desplazar a todos sus competidores. Lo llaman barrido selectivo. La diversidad colapsa alrededor de una sola solución ganadora.

Pero un barrido completo necesita tiempo. Si la presión se interrumpe antes de que termine, quedan supervivientes. Diversidad residual, en baja frecuencia, invisible mientras el entorno no cambie, pero lista para reconstituirse cuando cambie.

Diez años no son suficientes para purgar toda la variabilidad interna de un sistema como el Partido Comunista Chino. Un secretario general puede perseguir rivales o seleccionar nombramientos. Pero no puede terminar el trabajo (al menos, no del todo). Y lo que no se termina, no se fija.

Eso era lo que Deng quería. Un mecanismo de interrupción de la tentación totalitaria.

Funcionó dos veces. Jiang Zemin completó su década y se fue. Hu Jintao completó la suya y se fue también. Nadie escribió libros sobre esos traspasos de poder porque no eran espectaculares. Era solo el mecanismo funcionando.

Xi Jinping desactivó ese mecanismo con 2.958 votos a favor.

Xi consolidó el poder y centralizó la toma de decisiones. Eliminó la discrepancia y con ella lo que impedía que el sistema convergiera hacia un solo criterio. Queda un organismo político cuya variabilidad cognitiva es la variabilidad cognitiva de una sola persona.

Y aquí es donde la profecía que encuentras en la mayoría de los potcast y videos empieza a tener problemas.

Los analistas que pronostican que China será la próxima superpotencia dominante miden las variables como el PIB, gasto militar, producción industrial, reservas de divisas o infraestructura tecnológica. En todas esas variables, China impresiona. Pero esas variables miden masa y velocidad (algo que en física se conoce como momentum). No miden capacidad adaptativa.

La capacidad adaptativa de un sistema depende de cuántas respuestas distintas puede producir ante una pregunta que todavía no ha llegado. Y esa capacidad depende, a su vez, de cuánta variabilidad interna conserva el sistema cuando la pregunta llega.

China lleva más de una década eliminando su variabilidad interna a una velocidad que ningún otro sistema moderno ha conseguido igualar.

Jack Ma (el dueño de Alibabá) fue según Forbes el hombre más rico de China entre 2014 y 2020. En octubre de 2020 cometió el error de discrepar en público sobre la política financiera del partido. Cuarenta y ocho horas después, la mayor salida a bolsa de la historia (la de su empresa) se canceló sin explicación. Ma desapareció tres meses. Cuando volvió era un vídeo de cuatro minutos sobre educación rural. Sonriente. Domesticado.

Subscription Form

El sistema no necesitó destruir a Jack Ma. Le bastó con hacerlo desaparecer el tiempo suficiente para que el silencio hablara por sí solo. Cada emprendedor chino que tuviese una opinión contraria a la del partido, aprendió lo que necesitaba aprender sin que nadie se molestara en enseñárselo.

El resultado es un sistema que ha alcanzado el silencio voluntario de sus propios componentes. Xi consiguió amordazar a un país sin una sola amenaza.

El problema es que los sistemas que silencian a sus componentes no colapsan según un calendario. Pueden funcionar durante décadas. Los guepardos llevan doce mil años con un genoma tan uniforme que aceptan injertos de piel entre sí, y siguen corriendo a ciento veinte kilómetros por hora. Pero no pueden combatir un resfriado. El colapso no llega cuando el sistema deja de funcionar. Llega cuando el entorno le hace una pregunta para la que no tiene variante con la que responder.

La mayoría de los analistas señalan la demografía como la principal amenaza al futuro hegemónico de China. En 2025, nacieron en China 7,92 millones de personas y murieron 11,31 millones. La población se contrajo en 3,4 millones en un solo año, el cuarto año consecutivo de declive. El número de nacimientos ha caído a niveles comparables a los de 1738, cuando la población total del país era de 150 millones. El número de mujeres en edad fértil bajará de 105 millones en 2025 a 58 millones en 2050. No hay política pronatalista que revierta esa curva en una generación.

Pero la demografía, siendo grave, no es el problema de fondo. Es un síntoma del problema de fondo y China ha tenido varios ejemplos de ese problema de fondo.

La política del hijo único fue una decisión de concentración de poder que eliminó la variabilidad reproductiva de una generación entera. El sistema decidió que un solo hijo era el óptimo. Treinta años después, cuando la cifra resultó ser la equivocada (previsiblemente equivocada), la variabilidad que habría permitido corregir el error ya no existía.

El mecanismo funciona igual con la demografía que con la política. Se eliminó la libertad de elección y se optimizó para el criterio vigente. El resultado (en su momento) parecía eficiencia.

Otro ejemplo ocurrió cuando Mao decidió en 1958 que los gorriones eran enemigos del pueblo porque se comían el grano. Movilizó a millones de personas para matarlos. Fueron muy eficientes. Demasiado. Los gorriones también se comían a los insectos (sobre todo en su época de cría). La hambruna que siguió mató entre quince y cincuenta y cinco millones de personas. La variabilidad cognitiva de Mao sobre ecología era cero. Y la de China entera, en ese momento, era la de Mao.

¿Tiene el gobierno chino el mecanismo interno para detectar un error catastrófico antes de que se ejecute, aun cuando vaya en la dirección contraria a la opinión de Xi? La respuesta, después de 2.958 votos a favor y dos en contra, es que no.

Taiwán ha pasado de ser un problema diferido a ser un objetivo con plazo. Lo nuevo no es la ambición. Lo nuevo es la ausencia de la voz interna que antes decía “hasta aquí.” Deng tenía asesores que le decían cuándo parar. Jiang y Hu operaban dentro de un sistema que producía algo parecido al debate interno. Las normas de Deng habían preservado suficiente variabilidad como para que existieran voces capaces de decir “espera, esto va demasiado lejos.”

Xi eliminó a los que habrían dicho cuándo era suficiente.

China es el sistema más eficiente del mundo. Y esa eficiencia, medida con la lente correcta, es exactamente lo que la incapacita como futura potencia hegemónica.

Las superpotencias que duran no son las que ejecutan mejor. Son las que conservan la capacidad de decirse a sí mismas que se equivocan cuando pueden estar equivocadas.

Si te interesa este modo de leer la geopolítica, donde lo que parece fortaleza es la señal de la decadencia que viene, suscríbete. Cada semana aplico la misma lente a un sistema que todavía se cree invulnerable.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio